Una triste historia linda de contar, es ésta. Tampoco es tan triste, ni tan linda de contar. Es una más del montón. Como él y como yo, con peculiaridad ante los demás.
Lo pienso y se me enfrían los pies, y los tengo que frotar para calentarlos, tal como antes lo hacía él. Porque él no era un común, uno más, sino el que resaltaba ahí, el fluorescente, el que no se atrevía a pasar desapercibido, el desinhibido por demás, el que logré capturar, el que me dejó seducirlo y me vulneró, el que cuyos recuerdos guardo bajo el colchón. El mismo que hoy sigue ahí, sin ser un común, ni uno más del montón, que sigue resaltando, siendo desinhibido, pero que ya no es mío.
Nos conocimos de la peor manera, en un chat de porquería. Porque aunque no haya parecido, uno estaba más solo que el otro. Yo vendría a ser "el otro". Sólo queríamos esquivar cualquier emoción y soltarnos a la nada, sacando a relucir nuestra ordinariedad y nuestra palpitante libido, buscando acción, en lo posible asquerosa, como bien nos gusta a los dos.
Fue incompetente de mi parte dejarme llevar hasta tan lejos, por él, que tan fácil la sobrellevaba, que con tanta eficacia me dominaba sin intención alguna. Una mente morbosa que me envolvió, siendo yo paño blanco para pervertir.
Insana forma de atraerse. Nos separaban más de 1000 km que, para quien jugar quiere, no es un inconveniente. Jugar queríamos, siempre quisimos. Nos separaban más de diez años que, para quien quiere meterse en problemas, tampoco es un inconveniente. Yo siendo menor de edad, a un año de la legalidad, con ganas de jugar, tantas como las suyas.
Empezamos con charlas ridículas intercambiando información que ni a él ni a mí nos importaba, pasamos el tiempo, dormíamos en camas separadas sin pensar en el otro. Estábamos pegados a la realidad que mirábamos con una sola perspectiva, que no era la perspectiva de ganas de aventurarse, sino que la simple, la que nos advertía cómo eran las cosas. Él lejos de mí o yo aún más de él. La realidad verdadera, que después para nosotros dejó de serlo.
Pasó el tiempo y nos convertimos en un juego que ya nos gustaba mucho, que se tornó inseparable a nuestra manera de pensar, de sobrellevar el aburrimiento, y a nuestras ganas de conocernos un poco más.
Él, aceite hirviendo, y yo, agua pura. Me ensució de a poco, me llenó de morbo. Pero no, no podíamos mezclarnos, ante las imposibilidades de no poder y no deber. Cuando debíamos, aunque no podíamos, pero lo queríamos más aún.
Ya nos enroscamos en la idea de hacernos promesas, prometiéndonos gozos y sacrificios. Nos prometimos brindar asquerosos placeres el uno al otro, hacernos lo que quisiéramos sinvergüenzas. Me prometió dejarme a su merced y hacerme sentir como nunca antes me había sentido, y así fue.
La idea y las ganas de que lo hablado día a día se concrete crecían inimaginablemente. Yo ya no podía conmigo misma, no me alcanzaban las manos ni los órganos sexuales para simular su presencia. Lo necesitaba a él. Fue cuando decidí aventurarme, y viajar, verlo, concretar lo prometido y descubrir hasta dónde se puede llegar partiendo de unas simples palabras por chat. Se lo comenté. Se encantó. Emprendimos algo, que no sabíamos con precisión qué era.
Esperé a cumplir dieciocho años y viajé a La Plata.
Me di cuenta durante el viaje que la causa del problema que daría un efecto negativo tiempo después, radicaba en ésto de acostumbrarnos a lo habitual que no es lo que nos hace bien. Me refiero a que, supe luego de conocerlo que lo que me hacía bien era lo que me transmitía él, lo que me enseñaba tal vez no intencionalmente, o que yo aprendía de él. Tal vez comenzaba a quererlo. Él pudo hacer lo que nadie antes de él y hasta ahora pudo, que fue empujarme a conocerme a mí misma, abrirme las puertas hacia mí. Me obligó a auto-complacerme por lo menos hasta que él me tenga en sus brazos. Me enseño a quererme.
Llegué, lo vi, lo tuve y me tuvo. Un beso, un abrazo, una caricia y otro beso. Palabras, sonrisas, miradas y expresiones de deseo.
Puso un disco de Babasonicos. Nos miramos a los ojos unas milésimas de segundo que parecieron eternas, y me revolcó por todo el departamento. Nos cogimos. Nos cogimos mucho. Nos hicimos mierda y nos encantó. Fue algo inimaginable, totalmente inesperado para mí; sobrepasaba por mucho a lo que pude llegar a haber imaginado en alguna charla subida de tono que tuve con él. Fue increíble.
Les hablo de yo en su cama, en su piso, en su cocina y en su baño, tirada o arrodillada entregada a él, por gusto y placer. Nadie me obligaba; ni siquiera él con su actitud dominante. Yo, que hasta me sorprendí de mi misma, buscando la forma de complacerlo y complacerme. Sólo dos manos le bastaban y sobraban para dejarme a su merced. Jugó con mi cuerpo débil y lo cansó. Nunca nadie me había acariciado las tetas de tal manera. Me desnudó para poder mirarme durante unos instantes que se regaló mientras me hacía desear, para luego comenzar con las caricias, las oscuras, las que me estremecieron al límite. Con paciencia, delicadez y dedicación me trataba, era magia lo que hacía. No rush.
Sus dedos apretaron mis pezones y redondearon la circunferencia de mis pequeñas tetas, para luego ir bajando por mi panza, hasta mi pubis, para luego abrir mis labios rosados de tensión y acariciar mi clítoris de tal manera que no pude contener los gemidos ahogados. Me rompió los esquemas. Introdujo dedos, buscaba el punto justo. Cada movimiento acompañado con un beso que me dejaba loca. Muchos orgasmos en pocos minutos. Nos disfrutamos mucho.
No dejó un lugar de mi cuerpo sin tocar, marcó lo suyo. Me probaba e hizo que me pruebe, tirándome de mechones de pelo, mordiéndome el cuello, tapándome la boca, amagando meter sus dedos en lugares donde yo no dejaba que los meta, arrancándome gritos, dándome chirlos, haciéndome desear. Recuerdo que de a ratos apoyaba por unos segundos sus manos grandes en alguna parte de mi cuerpo y esa parte se calentaba, me agarraban escalofríos y perdía la voz.
Con ritmo impuesto entraba y salía de mi interior, hasta una mirada a los ojos y un orgasmo mutuo que nos dejó al acecho y con ganas de descansar después de horas de trabajo.
Ya no nos limitaba nada. Enredados estábamos; él con su pierna entre las mías y uno de sus brazos bajo mi cabeza para con el otro acariciarme el hombro. Con la mente en blanco yo sentía sus caricias. Nos había pasado algo y desde ese momento ya nada sería igual. Tuve sensaciones raras al sentir su tacto, y no estoy muy segura de qué habrá sentido él. Intercambiamos palabras y nos dispusimos a otro round, que una vez finalizado nos permitió disponernos a otro, y así, hasta que perdí la cuenta. Nunca nadie me llenó tanto de morbo.
La pasamos bien. El sexo fue tan fantástico que nos cegó por completo, o simplemente fuera de la cama nos entendíamos muy bien, como rara vez sucede. Nos reímos, nos divertimos, cogimos un poco más, y nos quisimos. Bueno, lo quise.
Volví. No quería volver y fue una despedida dura llena de besos y promesas de volver a vernos. Prometimos que la próxima vez sería doblemente placentero.
Llegué a casa, mil kilómetros atrás. Las cosas volvieron a ser casi iguales que antes, salvo la espontaneidad con la que ahora nos expresábamos las cosas, que era mayor a la anterior. Seguimos divirtiéndonos, haciéndonos reír y dándonos placer mediante aparatos virtuales.
Pero las cosas fueron cambiando.
Por más que teníamos en mente volver a vernos y programábamos un reencuentro no muy lejano, la reciprocidad a la hora de expresarnos las cosas que siempre nos expresamos fue disminuyendo por parte de uno de los dos. Por parte de él. Fue inentendible para mí. Puso excusas tontas, increíbles, que me costó procesar y digerir, las cuales no creí, las cuales él admitió luego que no eran verdades. Pensaba yo que la verdad posible era ya no gustarle, no excitarlo o no haber sido suficiente para él. Estupideces básicas que me permití pensar. Pero, la realidad era que su mente es diez años más vieja que la mía, como también su experiencia. Después de tenerme por un corto período de tiempo para luego no tenerme nuevamente, hizo que piense sobre el no estar solo. Él ya con veintiocho años no encontraba atractivo seguir así. Todo fue una suposición mía, él no me dijo nunca nada.
Y así, volvimos lentamente a las andanzas del principio, de cuando ni bien nos conocimos. Intercambiando información que ni a él ni a mí nos interesaba, con la diferencia de que eran cosas que a mí no me caían bien, porque algo que nunca hubiese querido que me suceda, estaba sucediéndome: Yo lo quería. No lo podía evitar, soy mujer, y él tocaba mis dimensiones, fue como quitarme el único capricho que alguna vez me dejaron tener.
Hoy estamos como antes del principio, sin hablar, sin conocernos. Él sin extrañarme y yo queriéndolo. Él sin quererme y yo extrañándolo, porque las cuestiones de los no correspondidos son sobrellevadas de ésta manera. Ahora sólo puedo decir que de haber tenido la oportunidad de nuevamente conocerlo y entregarme a él, para que me llene de morbo y me deje sucia como ahora estoy sabiendo que iba a terminar de ésta manera, lo volvería a hacer.