Hace un año y medio que estoy en este lugar. Los demás me aprietan y no me puedo zafar. A veces cuando alguien viene a buscar a alguno de mis compañeros puedo estirarme un poco, otras veces nuestra dueña temporal pone a más compañeros en el mismo estante y así estoy sin respirar por días.
He tenido dueños temporales. Bastantes diría yo. Desde que mis hojas fueron impresas en 1996 he pasado por varias casas, por varias familias, por varios pueblos, y he causado varios efectos. Recuerdo que en el 2005 una señora mayor me llevó a su casa y me tuvo allí por un mes, hasta que se dio cuenta que me tenía que devolver. Lo más gracioso de todo fue que en todo el mes no me leyó ni una sola vez. Vivía en su cartera, fue la dueña temporal más loca que tuve.
Éste lugar que me tocó en el estante no está tan mal. O tal vez ya me acostumbré. Estoy sobre la pared del estante, pegada a la madera, lo cual me gusta porque cuando hay humedad se desprende un olorcito a pino muy lindo. A mi derecha se encuentra una larga fila. Mis compañeros generalmente son veinte, a veces veinticinco, a veces quince. Pero nunca más de veinticinco, o menos de quince. Mis compañeros son buenos, a algunos los conozco hace bastante, a otros hace poco. Hay unos terceros que extraño mucho, tenían buenas historias para contar. Pero somos constantemente reemplazados. A veces algunas personas deciden dejar de ser dueños temporales y comenzar a ser dueños permanentes. Entonces pagan por mis compañeros, o los canjean por otros compañeros. Debe ser lindo tener un dueño permanente, me gustaría mucho que me suceda algún día. De igual modo, no puedo quejarme, la señora de la biblioteca siempre nos pasa un trapito o tira un perfume muy rico por los pasillos que hay entre estantes. Eso si, dormimos temprano.
La estantería en la cual estoy, que es una de las cientos que tiene la biblioteca, consta de diez estantes. Yo estoy en la estantería número uno, la más próxima a la puerta, y en el estante número siete, es decir, a la altura de los ojos de una persona promedio, o de alguien ligeramente arriba de la estatura promedio. Por eso es raro. Es raro que encontrándome en la primer estantería de la biblioteca, y más aún en el estante número siete, sean muy pocas las personas que fijan su mirada en mí. Debo admitir que cuando me ven e inclinan un poquito su cabeza hacia la izquierda para poder leer mi título y mi autor escritos en mi costado, el corazón se me acelera. En unos pocos segundos mil cosas pasan por mi cabeza "¿será mi dueño permanente ésta persona, o solo un dueño temporal?" "¿Le gustaré o le pareceré muy viejo?" "espero que no me abra y se sorprenda de mis hojas amarillentas". Es que bueno, hace casi dos años que nadie me abre, espero que no me pase lo que a algunos de mis compañeros, los más grandes, que fueron apagados y llevados al depósito de atrás de los sanitarios. Un libro restaurado (impreso en 1946, pero cuya película recientemente fue filmada, volvió a cobrar popularidad e interés) me contó que solamente en excepciones, y él fue una, un libro vuelve desde el depósito a las estanterías, los demás quedan ahí para siempre. Yo tenía mucho miedo de que algo asi me sucediera, pero veía el lado bueno de que tal vez me volvería a juntar con algún viejo compañero así de nuevo me cuenta la historia que lleva adentro.
En este lugarcito que ocupo como libro soporte o como libro de apoyo, ya que consto de una buena cantidad de hojas, tengo hermosas vistas hacia la puerta y los dos ventanales principales. La biblioteca se encuentra en una esquina, así que el primer ventanal me indica que si la gente va para la izquierda, no le dio importancia a la biblioteca, pero si va para la derecha, hay posibilidades de que entre. En caso de que vaya para la derecha y haya posibilidades de que entre, cruzaría por el segundo ventanal. Si cruza por el segundo ventanal, hay dos opciones: la primera, que cruce la calle de mala manera, a mitad de cuadra y no por la senda peatonal, lo cual es muy poco probable pero sucede. La segunda, y la más propensa a ocurrir, es que entre a la biblioteca. Amo advertir desde el primer ventanal cual es el estilo de la persona que entraría, acorde a su ropa, a su peinado, a su rostro. Me imagino para qué sección de la biblioteca viraría y hasta a veces acierto el exacto libro que busca. Sinceramente, en la biblioteca la paso muy bien, pero no puedo dejar de pensar lo hermoso que sería tener un dueño permanente.
Un 16 de Noviembre por la tarde, un joven entró pero yo no me había percatado de eso porque estaba distraído riéndome de cómo la señora de la biblioteca no encontraba la ficha de uno de los niños que siempre buscaba un libro de cuentos infantiles. Fue cuando cruzó por en frente de mi latitud y vi su figura, me sorprendí porque había quedado en la segunda estantería cuyo tema es muy parecido al nuestro: Novelas contemporáneas. Pero luego giró bruscamente hacia la sección de Literatura de Ciencia Ficción y Thriller. Ahí me dije que si está buscando algo así, ni en un millón de lustros se fijaría en mí. De igual modo, continué viéndolo.
Eligió un libro pero no logré ver cual. Lo pagó, se lo embolsaron y se dirigió a la puerta para irse. Cuando cruzó por al lado de mi estantería, choco su pie con una de las patas que estaba un poco saliente. Los estantes temblaron y yo tuve taquicardia. Tenía miedo a caerme y que se me doble alguna puntita, o alguna hoja. Pero el joven pudo sostener la estantería y con mis compañeros quedamos bastante quietos. Fue entonces cuando me miró fijo mientras maniobraba hasta estar seguro de que no nos íbamos a caer. Inclinó su cabeza hacia la izquierda, por inercia, y suavemente me sacó. Sopló mi tapa y mi contratapa, También aprovechó a leerla; amaba que me leyeran la espalda. Luego su dedo índice recorrió mi costado muy delicadamente, sacando cualquier polvito que haya quedado.
Sin quitar su mirada de mí, me llevó con él hasta uno de los sillones que se encuentran en el centro de la biblioteca, y tanteando con sus piernas y su otra mano, logró con éxito sentarse. No dejaba de mirarme. Hasta que por fin, POR FIN, me abrió. Hacía casi dos años no sentía esa sensación. Leyó la primera hoja, la volteó e hizo una lectura global de los datos de impresión. No le dio mucha importancia, como nadie le da importancia. Ni siquiera yo. Luego cambió de hoja, llegó hasta la de las líneas de dedicaciones y recuerdos. Eran bastantes, mi autor era muy sentimental y hasta a veces cursi. Y así fue despacio hasta que arribó al comienzo de mi primer capítulo. Pero la cosa ya no me estaba gustando, quería decirle que pare, no quería que siga, intentaba darle algún tipo de señal pero no podía, rogaba que la señora de la biblioteca lo echase a patadas. Si continuaba leyéndome, no iba a parar hasta el final. Pero la idea no era que él me leyera ahí, en la biblioteca, sino nunca podría llevarme con él, sino que cuando me culmine me dejaría en el mismo rincón de la estantería número uno, en el estante número siete. Si, el mismo, el de la vista a los ventanales. No quería eso, rogaba que pare. Estaba muy seguro de que si él continuaba leyéndome, no dejaría de hacerlo. A finales del siglo pasado, cuando ni bien fui impreso, era popular por mi atrapante historia. Mi autor era el mejor novelista de los 90s, y no es que lo diga porque me haya escrito a mí. Luego su fama decayó porque se volvió muy mediático. Hace un par de días leí ligeramente en un periódico que alguien llevaba bajo el brazo, que mi autor ahora se dedicaría al teatro. ¿Al teatro?. Ojalá le vaya mal.
Capítulo dos. Él no paraba, él seguía conmigo y yo sin poder evitarlo. Estaba poniéndome triste en serio porque no salía la imagen de mi cabeza. Esa imagen de mí, siendo dejado nuevamente en mi lugar. Aunque debo decir que me sorprendían las expresiones en su cara. Me miraba con impresión, de a ratos con amor, pero siempre con una sonrisa. Muy pocas veces me han leído realmente interesadamente, pero ésta vez fue muy diferente a las demás. Es más, me atrevo a decir que nadie me ha leído así. Se sentía bien, me sentía querido. Me sentí vivo, él me dio vida.
Capítulo treinta y cuatro. Ocho de la noche. BASTA, POR FAVOR BASTA. NO SIGAS. Pensaba yo. La biblioteca cerraba ocho y media y yo estaba a dos capítulos de volver al rincón, y, ¿por qué no?, en una semana tal vez ir al depósito. Tenía ganas de gritarle que me lleve como dueño temporal y deje esos dos últimos capítulos para leer en casa, ya que tengo un sorprendente final. Es increíble cómo acabo.
Pero ocurrió. Leyó emocionado mi final emocionante. Hojeó la última hoja del último capítulo y ésta estaba en blanco. Volteó y leyó en mi última hoja las demás obras de mi autor. No tenía nada más que hojear. Me cerró y admiró mi espalda por unos segundos. Mi contratapa. Levantó la vista y vio por el ventanal que ya era de noche. Se levantó muy rápido y desesperado del sillón, parecía que estaba llegando tarde a algún lado. Se dirigió hasta la primer estantería y me dejó donde estaba. Abrió la puerta y se fue, sin importarle nada, sin importarle yo. Nunca me sentí tan triste. A las ocho y media la señora de la biblioteca tiró por última vez el spray rico por entre los pasillos, cerró todo, y se marchó.
El sol se asomaba por el segundo ventanal, pero era muy temprano aún, asi que no era momento de abrir la biblioteca. De igual modo, la señora ya se encontraba barriendo los pasillos. Siempre me despierto antes de que ella llegue, pero ese día se ve que dormí de más, tal vez por estar pensando hasta altas horas de la madrugada. Para más o menos las nueve de la mañana, entró el primer lector. Y era él. El joven de la noche anterior. El que me dejó olvidado y el culpable de que una semana después me llevasen al depósito. Porque sí, él tenía la culpa.
Se dirigió directo hacia el sillón en el cual estuvo sentado el día anterior leyéndome. Por supuesto no sin antes saludar gentilmente a la señora de la biblioteca. En el asiento había dejado olvidada la bolsa con el libro que había comprado el día anterior. Lo agarró y explicó el torpe hecho a la señora. Ambos rieron. Se despidieron y él nuevamente se dirigía a la puerta, pero ésta vez con cuidado para no patear ninguna estantería. Fue cuando entonces se detuvo ante mí, y volvió a mirarme. No sacaba su mirada de encima mío y me intimidaba. Pero yo sabía muy bien que él no estaba leyéndome, porque podía notar que sus iris no estaban siguiendo una lectura, sino que estaba mirando en mí la nada misma, y pensaba. No se qué estaba pensando, pero se que pensó bien. Me tomó suavemente como la primera vez que lo hizo, y yo nuevamente me sentí taquicárdico.
Conmigo en su mano se dirigió hasta el escritorio de la señora. Yo no sabía qué pensar. "¿Será que quiere ser mi dueño temporal? ¿mi dueño permanente?" "¿Será que me quiere llevar al depósito por sus propios medios?", pero en realidad no podía creer, ni entender, lo que me estaba sucediendo.
-¿Cuánto cuesta?- preguntó.
Si, evidentemente planeaba convertirse en mi dueño permanente, al menos que haya pensado en regalarme, pero yo tenía la intuición literaria de que no. Pagó por mí y rechazó la otra bolsa que la señora de la biblioteca le ofreció. Me puso junto con el libro que había comprado el día anterior, al parecer, en su casa, yo iba a estar con un compañero de la misma biblioteca, eso era lindo. Ya nos dirigíamos los tres a la puerta, y vi a la señora de la biblioteca, inmersa en su mundo de rellenar fichas y quejarse de que los lectores no devuelven libros. Por supuesto, siempre siendo muy cordial y utilizando las palabras correctas. Fue mi primera lectora. Aunque ella no se haya despedido de mí, yo si lo hice de ella. Fue lindo estar en la biblioteca, me cuidó bien.
Salí por fin, estuve en la calle, sentí el sol hermoso y los excesos de la ciudadanía.
Llegamos a su casa. No recuerdo haber visto a alguien más. Como tampoco recuerdo haber visto por ahí algún papel de regalo o moño que dé más sentido a mí siendo regalado. Entramos a su pieza y nos dirigimos hacia una pequeña estantería que él tenía, con tan solo cuatro estantes, pero en ellos una gran cantidad de libros. La miró un poco y analizó en qué recoveco nos podría meter, pero antes, se sentó en su cama. Nos sacó de la bolsa y nos apoyó en su regazo. Abrió a mi compañero y en la primera hoja escribió un par de cosas, parecía una dedicatoria. Y advertí que lo era cuando leí que al final escribió "feliz cumpleaños". Al parecer se lo iba a regalar a alguien. Luego lo cerró.
Me tomó y sin abrirme me miró. ¿También me iba a regalar?. Pero se notaba que no tenía muchas ganas de escribir en mí. Aunque después se arrepintió. Me abrió y en mi primera hoja escribió su nombre: Nahuel. Me miró con amor, como nadie nunca me había mirado jamás y me dejó en su mesita de luz. Tal vez quisiera volver a hojearme más tarde, o tal vez solo quería tenerme cerca. Desde el primer momento supe que causé muchas cosas positivas en él. Nunca me sentí tan amado, nunca me sentí tan bien leído. Nunca me sentí tan vivo.
Fue mi dueño temporal por siempre. Me leía una vez al año. A veces no llegaba al final, a veces se salteaba algunos capítulos en mi mitad, pero siempre me hojeaba. Constantemente me abría. Y me quería así, con mis hojas amarillentas y mis puntas duras similares a una galletita de agua. Yo lo amaba. Lo amo. No fue el primero pero fue y es mi lector favorito en el mundo.
Y ésta fue mi historia. No me refiero a la historia que llevo adentro, que también es mía, pero fue escrita por mi autor, sino que es mi historia, la de mi vida, no la de mi piel. Me alegra haber podido generar la paradoja de un libro contándose a sí mismo, pero no la historia que lleva escrita, sino su historia. Suena raro, pero es hermoso.
Gracias por leer.
Petricor.-