Me acordé sin querer, nuevamente, de vos.
De lo lindos que son tus ojos, de ese lunar cercano al derecho. De la cicatriz en la comisura de tu boca. De tu risa chueca, hermosa, indefinida, imperfectamente perfecta. De tu pelo corto castaño oscuro, sin movimiento, estático. De tus expresiones irónicas que me hacían reír mucho y terminar cada carcajada con un suspiro retirando la mirada de tu boca y poniéndola en tus ojos, nuevamente. De tu voz, mi cosa preferida tuya. Tu voz cantándome, diciéndome las cosas que más me gustaban, y también las que no. De tus ocurrencias. De tus pensamientos. De tus tristezas. De tus secretos, esos que sólo me contaste a mí, para los cuales sólo pudiste abrirte conmigo. De tu seguridad. De tus promesas. De tu fija forma de pensar. De tu frialdad. De tu calidéz. De tu sensilléz. De tu vergüenza. De tu cuidado. De lo feliz que yo percibía que eras conmigo. De lo bien que me hiciste. De las ganas de que no cambiaras jamás.
Y se que no lo hiciste. Se que seguís igual, lleno de histeria, problemático, incumplidor, puro, de enojo fácil, de risa difícil, sentimental, temperamental, incorrecto, justo, decidido, precioso, valioso, preocupado por la felicidad ajena, que ya no es la mía.
Qué feliz te veo, agarrándola por la cintura. Sonriendo ambos a la cámara, seguros. Vos pensando en ella, ella pensando en vos, y yo pensando en vos. En que podría estar en su lugar, en que podría voltear hoy y besarte la mejilla, en que podría guardar en vos mis miedos, en que lucharías contra lo que me acompleja, en que podrías hoy seguir haciéndome feliz como lo hiciste alguna vez.
Y ahora se me enfrió el café; voy a hacer de cuenta que mi café frío me interesa más que el no tenerte conmigo y nuevamente extrañarte hasta perturbarme.
¿Qué más puedo hacer?
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