sábado, 30 de agosto de 2014

Eloy.

Estar susceptible y vulnerable a la mínima energía negativa siempre me ayudó para bien porque me hizo pensar, razonar, poder ver mi realidad de manera diferente, me refiero a correctamente, por unos segundos. Y me pasa cuando se hace de noche. Ya cumplí con todas mis obligaciones y tengo tiempo que dedicar a mis familiares y a mí misma, y lo hago. Cumplo con ellos y después me regalo un rato. Un rato para pensar en lo mal que la estoy pasando, en lo débil que me siento, en la poca fuerza de voluntad que últimamente ando teniendo, en lo poco que me ando queriendo, en lo poco que me ando entendiendo. Pienso en ese algo del cual hace diecisiete años quiero librarme y no puedo, del miedo a crecer y a no cambiar. Ya quiero algo que me diferencie, que me ayude, que me de más seguridad. 


Ya no se si confiar en mí, 

ya ni al espejo me quiero ver.
Mutilando mis emociones,
quiero algo que me haga sentir.

En mi cabeza un abismo profundo,

dónde de un envión caen todas mis cualidades.
¿Qué importa el cerebro? ¿Qué importa el corazón?
No son facultades que me pueda adjudicar. 

Porque importa la belleza, el dinero,
el poder y nada más.

Mil propuestas desechadas y otras mil sin proponer,
cabizbaja y audaz me permito andar.
Percibiendo la esencia de la gente, de su pobreza de mente.
De su pobreza espiritual.

Observando fijamente los caminos para saber cual elegir,
aunque no sepa a dónde ir.

Y un fantasma del pasado que quedó merodeando,
molestando e incitándome a no ver la realidad.
Pero al fin y al cabo es el único que me da felicidad.

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