Hoy me levanté con ganas de abrazar la tierra, tirarme hacia sí y sentir su esfericidad. Armar su forma con mi cuerpo y que me penetre su temperatura. Olerla fresca esplendorosa.
También con ganas de mirar el cielo siendo celeste grisáceo como él solo sabe serlo. Lleno de nubes que incitan a llegar hasta ellas, bañadas en un blanco descomunal y purificador, moviéndose rápidamente al compás del viento fresco que no me hace más que quererlo todo para mí.
Después de degustarlos, voltear y mirar el mar. Su inmensidad y colores de frescura y oxígeno. Todo bañado de sol destellando encandilantes lágrimas brillantes que queman de la manera más linda.
Mis ojos achinados con arruguitas a sus alrededores. Mi piel dorada, brillante, la cual soplo para sacar de ella los pequeños granos de arena y sal, está caliente. Me miro y respiro. No me hace falta nada más. Pero...
Pero, aunque nunca estoy sola, siempre estoy conmigo, algo me ha de faltar. Algo de eso que no tengo y quiero.
Podés venir, podés verme la piel y sentir el intenso mar conmigo. Podrías también cubrir mis ojos para que dejen de achinarse. Podrías verme siendo mi propia dueña, mi propio altar, y queriendo poseerme. Podrías hacerme reír un rato; mi pelo moreno movido por el viento y mi sonrisa se llevan bien. Te llevarías bien con ellos. También con mis pequeños senos tapados los cuales graciosamente ves, disimulando que no. Se que los querés tocar, podés hacerlo también.
Entonces.
Te espero bien tranquila y consumada acá, tomate tu tiempo que tengo toda la eternidad.
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