He descubierto un mundo nuevo.
El sosiego de tu expresión facial, tu quietud natural, lo increíble de tu paz, tu cruel tranquilidad, tu juzgadora mirada, y demás facultades que te adjudico, las cuales me tomaron menos de dos minutos descubrir que tenías. No se con exactitud cuánto tiempo habremos estado juntos, y no hablo de juntos sólo los dos, sino en un mismo espacio, compartiendo palabras, a veces miradas, indirecteándonos (por lo menos por mi parte fue así), viéndote y vos mirándome. Me gusta creer que cuando me mirabas era adrede, y no simplemente el correr de tu vista que justo se detenía en mi latitud. Me gustaba pensar que tus pupilas, intencionalmente, descansaban en mí. Me hace sentir bien.
Qué desafiante me resultaste. Lo peor es que creo que todo fue sin querer. El verte por poco tiempo de cerca me permitió soslayar cualquier posible escándalo mental en los cuales con frecuencia me veo involucrada. Sustituiste por un momento todo eso que me hace falta.
Qué desafiante tu sosa forma de ser, que no se qué ha de tener, pero de un instante a otro, me volvió loca.
Me iré sin saludar.
Al parecer no te gusta el amor. De no ser así, deduzco que te gusta el amor de una manera muy loca que sólo vos conocés, de ese que te envicia, que te enamora hasta los huesos, de ese que duele y a la vez ayuda, de ese que nadie puede darte y buscás en otra parte y en otras cosas. Decidí no saludarte y hablarte sólo poco, palabras que no eran mías, sin ser fina, rozando la ordinariedad. Quise pretender ser algo que no era para impresionarte, cuando fui más yo que nunca, y en vez de impresionarte, impresioné a los demás, quienes creían conocerme y se encontraban con demasiada información junta y actuada de mí. Vos no dijiste nada, sólo bajabas la mirada. Vos me sabías y me conocías, sin saberme o conocerme. Algún chiste habré hecho, en una que otra ocasión te habré hecho reír, con alguna u otra frase me habré ganado tu confianza.
No entiendo cómo no te conocí antes, cómo no apareciste en mi vida desde hace tiempo. Me miro al espejo y mis iris tienen el mediocre color del amor, de ese que no puedo tener.
Y no te dije "adiós", ni "hasta luego", sólo un "chau" comprometido. Lo que hubiera dado por un beso en cada mejilla, por una despedida un poco más digna, por un adiós que haya podido disfrutar. Durante el camino a casa quedaste latiendo en mi consciente.
La vida sigue.
Así es, pasaron los días, cinco para ser más precisa. La verdad que no pensaba en vos, para nada, me encontraba tan prendida a mi cotidianidad que me percataba de que tu presencia podía estar próxima a la mía. Caminando y girando con el aire, distraída como siempre, pero ésta vez como nunca, me crucé con tu andar. Mis sentidos quedaron absueltos y dilatados, ya perdiéndose en los átomos de tu mirada que llegaban hasta mí. Caminaste fijo y sin parar, también sin mirarme. Tu abúlica forma de ser te permitió largar un "hola" que contesté con otro similar. Me hubieses dejado mirarte un ratito más, disfruto hacerlo. Qué absurda manera de quererse. Sos todo sin razón.
¿Qué nos deparará?
Subí las escaleras pensándote, y después te pensé un poco más. Te sigo pensando ahora y sé que más tarde voy a volverte a pensar. ¿Será que algún día me vas a pasar?
Attaque 77 - Canción del Adiós: