Tamara se estaba preparando para ir a la escuela. Se miraba al espejo desde todos los ángulos posibles y de cada perfil. Se veía gorda, pero de un suspiro súbito lograba esconder su pancita y ver sus costillas asomarse por debajo de su corpiño blanco. Hacía una mueca de conformismo y autoaceptación, y se daba cuenta de que no estaba tan mal, 50Kg no son nada.
La mamá de Tamara no la dejaba usar corpiños armados ni bombachas diminutas, seguía comprándole corpiños de tela y culottes rosados o con dibujitos infantiles, pero logró conseguir de la pieza de su hermana mayor, una tanga blanca y un corpiño armado. Al corpiño lo tuvo que rellenar con un poco de algodón. Metió sus manos por las tazas y acomodó sus pechos. Dulcísimos eran. El corpiño le sentaba perfecto, le resaltaba el busto. En ese momento, cualquier hombre hubiese querido dormir en los pechos de Tamara por siempre. Se puso la camisa y prendió sus botones. Cada instante en el que Tamara prendía cada uno de sus botones eran dignos microsegundos del micro video erótico más hermoso y excitante que jamás podrías ver. Luego sacó los mechones de pelo que habían quedado dentro de su camisa, por la parte de atrás y se acomodó el cuello.
Agarró la tanguita blanca y la miró para ver cual era el frente y cual la parte trasera. Era realmente pequeña, no entendía como su hermana que tenía una gran masa corporal podía usar algo tan diminuto. Se sacó su culotte de dormir y se la puso. Se la arregló a los costados y se miró.
Al principio le resultó incómoda, era tedioso tener metido algo casi en su interior, y la sentía en todo momento, pero luego volteó y se vio de atrás.
Tamara sabía que tenía un culito lindo porque lo había heredado de todas las mujeres de su familia, pero jamás lo había visto resaltando gracias a una tanga. Tocó su redondez y se gustó mucho. Sonrió. Se olvidó de la incomodidad.
Se puso medias blancas que le llegaban casi hasta las rodillas, porque tenía piernas realmente largas. Luego sus zapatos negros acordonados.
Buscó su pollera a cuadrillé azul y verde, que era parte del uniforme. Se la puso y por encima de la camisa se la subió bien alto, como para dejarla más corta. Su mamá no la dejaba usar la pollera más corta de lo permitido por el reglamento del colegio católico al que asistía Tamara, que eran cinco centímetros por encima de la rodilla, entonces disconforme, tuvo que complacer a su madre, y al sistema, y bajarse la pollera hasta el límite acordado.
Pasó un cepillo de cerdas finas por su pelo castaño. Cabello larguísimo y lacio con pequeñas ondas en las puntas las cuales llegaban hasta su cadera que jamás pasaba desapercibida. Se lo dejó suelto porque así era como más le gustaba y como mejor le sentaba. Se puso perfume, un poco de Mujercitas por el cuello y las muñecas. Agarró su mochila y bajó las escaleras hasta el comedor.
La mamá de Tamara estaba sentada desayunando mientras miraba televisión, indignada maldiciendo a los que habían participado en la marcha del Orgullo Gay en su ciudad. Tamara la miró y revoleó los ojos. Un beso en su mejilla y salió de su casa para ir al colegio.
Hizo una cuadra y paró bajo el techito de la panadería de la esquina. Controló que nadie la viera y se levantó un poco la pollera haciendo un doblez en la parte de la cintura, así no se notaba que se la había subido, y así también la dejaba más corta para poder lucir sus piernas. Se excedió y se veían enteros sus muslos, casi se podía apreciar el inicio de sus nalgas. Se miró en el reflejo de la vidriera de la panadería y se dio cuenta que eso le quedaba realmente corto, pero no le importo, porque ese era el día.
Estaba emocionada Tamara, caminaba rápido y cada un par de pasos pegaba un pequeño salto para ahorrar tiempo y acelerar su llegada.
Tamara lograba su cometido, le gustaba llamar la atención y que la miren. Captó miradas de obreros, otros estudiantes, hombres solteros y casados. Era la colegiala deseada. Era la niña que a simple vista parecía una inocente adolescente, pero los hombres sabían desde lo más profundo de su hipotálamo, que era toda una putita novata, pero con mucho potencial. Bastaba mirar sus nalgas casi salientes por debajo de su pollera para darse cuenta de eso.
Tamara inundó las calles de la ciudad con su feminidad y ternura, era como la primavera misma. Brillaba más que el sol.
Caminó hasta dos cuadras antes del colegio, pero en la esquina donde debía doblar a la derecha para dirigirse al establecimiento, cruzó la calle y se condujo hacia la izquierda, iba directo a la plaza central.
En esas dos cuadras Tamara desaceleró su paso y bajó las chispas de su entusiasmo. Comenzaba a sentir una temprana culpa. Por faltar a la escuela, por desobedecer a su madre y por desafiar los principios de la misma. Dio un par de pasos lentos hasta llegar a la esquina.
Pero su corazón nuevamente se tornó taquicárdico. Sístoles y diástoles provocados por la pasión por lo prohibido y por la aventura que se avecinaba. Tamara vio a la persona con quien debía encontrarse esa mañana, y esa persona le regaló un saludo grato con la mano desde el otro lado de la calle, también le indicó que mirara a ambos lados antes de cruzar.
Tamara cruzó.
Se regalaron unos segundos para mirarse y se dieron un beso acompañado con una tomada de manos, a modo de saludo. Después se abrazaron y rieron.
Desinhibidas ambas se tomaron de las manos y comenzaron a caminar por la plaza, no tenían problemas en que la gente viera como dos colegialas bonitas y atractivas a la vista de los hombres caminaran de la mano. Tan solo parecían amigas. Eso eran, con la diferencia que ese día cumplían ya dos meses de novias.
Las chicas querían probarse y degustarse. A modo de juego se tocaban las tetas y la cola, se apretaban mucho para la libido de los hombres que por allí pasaban, pero ellas se percataban de eso.
Se sentaron en un banco. Tamara suspiró en el oído de su novia y le dijo que quería hacerle el amor, luego se alejó y se sonrojó. Su novia la miró seria y luego asintió con la cabeza, para acompañar su afirmación con su mano metiéndose por debajo del uniforme de Tamara. Tocó su bombacha y la corrió apenas un poco para ver qué sentía. Tamara la miraba fijo y sólo exhalaba fuertemente. Lo disfrutaba.
Un "vamos a mi casa, no hay nadie a la mañana" bastó para prender aún más el fuego. Se levantaron y tomadas de la mano caminaron hasta la casa de la novia de Tamara. Estaban por conocer lo divino de su sexualidad y ejercer la prohibición con toda la libertad del mundo, para sentir todos los placeres posibles.
La vida es muy dulce cuando uno se droga con juventud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario