Hoy a la tardecita mientras caminaba por el barrio, volviendo a casa, me agarró un sentimiento de miedo.
Tengo miedo de que los jóvenes no agarren más sus bicicletas oxidadas y se suban a ellas para ir a comprar el pan al almacén de "acá la vuelta", con el vehículo rechinando, a pedaleada cansada y espalda encorvada.
Tengo miedo de no escuchar el ruido del tejido siendo golpeado por la pelota pinchada pero que todavía sirve, de los chicos que se juntan en la canchita del barrio a jugar al fútbol. Que son de todas las edades, de todas las clases sociales, de todos los colores de cabello y piel, de todas las casas del barrio. Se juntan ellos, en la canchita que ni embarrada se priva de que corran y festejen sobre ella, o se peleen, o compartan una Coca.
Tengo miedo de no ver más las calles de tierra con esquinas llenas de baches, inundadas y embarradas, en las cuales los chicos con sus pantalones arremangados se divierten esquivando el barro, cayéndose, estando escondidos de sus madres que cuando los descubren, salen a la vereda a los gritos.
Tengo miedo de no ver pasar todos los días que juega Don Orione, a los muchachos, algunos en motos, otros en bicicletas, entonando canciones tribuneras, acarreando banderas, bombos, con la casaca al hombro y la gorra a mal poner. Llevando consigo mismos toda la fuerza y la pasión que hay en cada una de las células de su cuerpo, también alguna que otra bebida divertida, para poder en la cancha encarnados al tejido y las barandas, gritar con todas sus fuerzas, saltar con todas sus fuerzas, y entre tanto quilombo del bien poder encontrar la armonía de sus vidas.
Tengo miedo de que, aunque no me guste a veces, no volver a escuchar el mismo enganchado de chamamé del litoral que pone mi vecino a diario, ni de escuchar su imitación de sapucay cada vez que los cantores lo hacen.
Tengo miedo de no escuchar más los gritos de mi nueva vecina, dirigidos a su yerno que no trae el pan o no compra pañales para ir guardando, que ahora vive con ella, que no hace mucho embarazó a su única hija, la más grande, la recién salida de la secundaria.
Tengo miedo de que los chicos buenos del barrio vecino no vengan más al mío a fumar porro tranquilos.
Tengo miedo de que la guardia urbana o los patrulleros comiencen a dar vueltas por la calle y nos molesten con sus luces encandilantes titilando a la madrugada que brillan más que los focos semi-apagados de las esquinas.
Tengo miedo del primer mundo. No quiero que me lo vendan. Ya perdí mucho y sólo me quedé con recuerdos de mi anterior vida, hablo de mi vida de la infancia, que son los más placenteros.
Es estúpido temerle al futuro y a la evolución, pero sí, temo, porque se trata de una evolución material pero regresiva con respecto a lo sentimental. Temo algún día levantarme y no poder sentir, por eso busco acomodarme en cada recoveco posible de algún corazón ajeno, cuyo dueño me lo permita. Quiero estar para los demás y para mí. Doy vida por vida.
Paguemos nuestras deudas y no dejemos que nos vendan infelicidad. Cuidemos nuestras pequeñas cosas que son las más hermosas. Construyamos nuestra inmortalidad.