viernes, 27 de julio de 2012

I got freedom and my youth


El precio de mi libertad en este momento lo pago con golpes. Golpes que podría cambiarlos por encierro hasta colapsar por la locura con la que, en algún momento de mi corta vida me veré. Si bien vivir en dirección al mayor éxtasis de locura que podría existir, fuera malo, no cambiaría lo que pago por mi libertad. Y tal vez esa locura significaría la pérdida de mis locuras recientes de menor grado, ideas, caminos recorridos y con ganas de recorrer, cualquier señal de vida o felicidad. No cambiaría mi libertad por muerte, y se podría decir que SÍ moriría estando en libertad. Decisiones mentales que verdaderamente cuestan tomar. Decisiones de vida, decisiones de muerte y libertad. Porque se puede vivir sin libertad, lo que llevaría a una muerte interior profunda, terminando su insignificante vida por una muerte total del cuerpo físico, mental y espiritual de las personas. Pero se puede morir en libertad, viviendo tranquilamente como uno quiere, o al menos como uno puede. Uno no sentiría esa muerte profunda, si bien una muerte física, mental y espiritual terminaría con su vida, esta no fue insignificante. Uno puede pensar que no está pagando para respirar, pero tampoco está siendo pagado. También se puede llegar a otro punto de la locura en su totalidad que trata sobre volverse infinitamente poderoso, que es el mayor miedo de las personas. El poder que uno puede tener, la reacción de los demás, el dominio del mismo, y la debilidad detrás de ese poder. Creo yo que una persona nunca termina de enterarse qué es lo que quiere para completar su felicidad o vida, pero hay que ir descubriendo eso y jamás dejar de descubrir, investigar. Jamás darse por vencido en cualquier tipo de situación. Nunca bajar los brazos, siempre buscar esa vida, ese pedacito de cielo que completaría nuestra mera felicidad, para después sentir en nuestras manos, y poder tocar la libertad que tanto anhelamos. Poder dejar la suerte al cielo, y poder vivir sin errores y con música, esa, la música, la fiel amiga. El recordatorio de Dios que hay algo más en el universo además de nosotros. Y una vez que podamos tener dicha libertad en las manos, y poder tocarla, sentir como es de materia, como su masa tiene volumen y peso, sentir su forma, pero a la vez no sentir nada de eso, no asesinarla. No asesinar a la libertad. Sino que cuidarla, porque aunque nosotros podemos llegar a morir en algún momento, esta libertad que fue de nuestra pertenencia nunca morirá. Saber que somos lo mejor del mundo desde siempre, darnos cuentas de lo que significamos para nosotros mismos siendo un poco egoístas. Decirnos: "Sos lo mejor del mundo". Dar todo por los demás, y a la vez dar todo por nosotros. Pero mientras podamos, salvemos a todos, salvemos a nosotros mismos porque tenemos nuestra libertad. Esa libertad que, aunque la pague con golpes, no la cambiaría. Yo tengo mi libertad. 

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