jueves, 11 de febrero de 2016

Crónica de un encuentro.

Una historia real y de amor (por fin).

El sol estaba fuerte, pero quemaba de la manera más linda. El mar estaba candente; muy ruidoso irradiaba un azul brillante como él solo podía irradiar. La arena blanca amarillenta marcando los caminos que se perdían -o entrelazaban- de las personas. Las personas, inmersas cada una en su mundo; mundos que por ahora no preciso de conocer. Y yo, ansiosa, en el día más lindo del milenio. 
Es que ya no podía, no aguantaba. Estaba como una criatura esperando con ansias la Navidad, o su cumpleaños. Estaba con los nervios del primer día de clases cuando empecé Primer Grado. Pero estaba también con la tranquilidad de que algo bueno iba a ocurrir. 
Los desencuentros me enloquecen. Se me va el aire y quiero llorar. No quería que nos desencontremos, por eso traté de hacer (y de que haga) todo a rajatabla. Debíamos hacer todo lo que desde hace meses veníamos pactando. Elegimos el lugar y el horario. ¿El lugar? Malo. ¿El horario? Malísimo. ¿Me importaba? Para nada. Como tampoco me importaba el sol y su hermosura, el mar y su pureza, la arena caliente, ni la gente feliz, ni el día mas lindo del milenio, ni ninguna otra cosa en el mundo, o en mi mente. O en el universo. O en la galaxia. Iba yo con mis manos chiquitas ahuecadas llevando mi corazón como si fuese el último sorbo de agua de la Tierra. Hacía equilibrio para que no se me caiga y trataba de esconderlo para que nadie lo viera, es que está un poco agrietado en el lado izquierdo por una espina clavada, y me da vergüenza. 
Tenía que llegar rápido a dónde él se encontraba para poder dárselo y que haga algo, lo que sea, para curarlo. 
Es que nos desencontramos. ¿Cómo puede ser que nada me salga bien? Ya me estaba desesperando y tuve que utilizar una mano para poder secarme la gota gorda de transpiración en la frente. Despegué mis manos y casi se cayó mi corazón. Pero no, no lo dejé caer, ni me dejé decaer. Me armé de paciencia y volví a sostenerlo como si fuera un tesoro valioso. Y en realidad lo era, y lo es.
Esperé, porque no me quedaba otra. Y un mensaje llegó. 
"Ya estoy".
Taquicardia inexplicable. Me dispuse a acarrear mi corazón nuevamente, junto con toda mi humanidad y mi vida. Ésta vez debía ser, no podía ocurrir un desencuentro una vez más. 
Caminé y ví pasar los últimos meses por delante de mis ojos. Y no pude ver nada más. Estaba cegada por la incertidumbre, el miedo, pero también la felicidad. Una mezcla de sensaciones que iban a desembocar en yo riéndome hasta llorar o llorando hasta reír. En cualquiera de los dos casos hubiese sido malo, y gracioso. 
Pero ocurrió. 
Pero lo ví.
Pero mi vida cambió. 
Primero reí, pero después me puse seria porque no estaba yo en mi cuerpo. Yo me encontraba flotando, viéndonos desde arriba. Él me vio y sonrió. Jamás había tenido la suerte de apreciar una sonrisa tan sincera y llena de alegría. 
Nos acercamos lentamente. No pude coordinar los brazos ni la boca. Quería besarlo y abrazarlo al mismo tiempo. De igual modo lo hice. Entrelacé mis brazos por detrás de su cuello para demostrarle que él es todo lo que más me gusta de él, y lo besé porque el olor y sabor a alcohol que tenía yo en ese momento, él merecía conocer. Debía saber que un lunes yo me encontraba bebiendo por su culpa, porque él existe. El beso con sabor a sal marina más dulce que pudimos darnos jamás. 
Desde arriba yo miraba cómo él abría sus manos y yo le dejaba lentamente mi corazón, para que lo guarde en su bolsillo y luego vea qué hacer con él. Podía curarlo, podía admirarlo, podía quererlo o podía jugar a la pelota con él. No importaba. Si mi corazón estaba en su poder, no me importaba nada.
Entonces me dediqué a ver sus ojos marrones fuerte que estaban más hermosos que una noche estrellada. Y pude ver mi reflejo en ellos, eso significaba que estaban cubiertos por una pequeña lámina de humedad, que yo más bien llamaría emoción. Y vi sus manos. Y su cuerpo. Y su felicidad. 
Él observó un poco mis tatuajes, mis cicatrices, mi rostro. Algo lindo habrá sentido. 
Y quince minutos duró el encuentro que esperé mi vida entera. En la calle 244 con miles de personas alrededor percatándose de nuestra sincera felicidad, bajo un sol que estaba fuerte, pero quemaba de la manera más linda. Frente a un mar candente; muy ruidoso que irradiaba un azul brillante como él solo podía irradiar. Sobre la arena blanca amarillenta que marcaba los caminos que se perdían -o entrelazaban- de las personas. En el día más hermoso del milenio, conocí el amor.

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