Capítulo 2:
Pasaba el tiempo, y no ayudaba, solo pasaba. Quería que pase
lento, para poder juntar lo suficiente, y al tener lo suficiente, que pase
rápido para poder tener mi batería cuanto antes.
Mi tío Ernesto,
tuvo una banda de joven, y cuando tenía 10 años me enseñó a tocar la
guitarra, era muy lindo saber tocar otro instrumento, también me gustaba el
bajo, su sonido era peculiar. Pero la guitarra era algo mágico, y no sé de como
aprendí bastante rápido, lo primero que pensé fue: "¿Por qué no ir a tocar
a la peatonal?" Sí, era bastante caradura. Y no tenía vergüenza.
Nunca tuve vergüenza. Bueno, tal vez sí, pero pensaba que ganaría algunas
monedas que me servirían. Todo sirve, me decía frecuentemente.
Tenía 12 y decidí
ir una tarde de un viernes, supuse que el centro iba a estar bastante
concurrido, y tal vez tenga más éxito del poco éxito que me imaginé que iba a
tener. Que optimista. Mi tío me prestó la guitarra, después de 2 años de
haberla tocado, con él a mi lado enseñándome, sabía muchas canciones, y hasta
inventaba algunas. Esa noche había juntado $47. Eso me gustaba, me encantaba.
Entonces, volví a ir el sábado siguiente. $30. Y el siguiente. $32. Pero luego,
solo ganaba $12, $8, y nada, la gente se cansó de mí. Gastaba $5 de pasaje de
ida y vuelta, y en la gorra solo tenía $3. Era injusto. Pero tuve mi momento de
gloria. Creo. Supe que tenía que volver a fritar con mi mamá, y a asar con mi
papá. Todo sea por los tambores.
El 26 de noviembre
de 2012, cumplía 16 años, y en septiembre de ese mismo año, ya tenía los
$11.500 ahorrados. Todo en uno de esos cilindros de cartón, parecidos a un
tambor, de dulce de leche repostero. Y fue cuando nos enteramos del cáncer de
papá. Cáncer de páncreas. El era muy sano. Sanísimo, sin exagerar. Y mamá me
dijo que las cosas, a veces, pasan sin razón y no vale la pena ponerse a buscar
explicaciones. No vale la pena analizar todo. No vale la pena nada. Solo rezar
porque las cosas salgan bien.
El cáncer de páncreas
era uno de los tumores menos frecuentes, y más letales. Papá me decía que nunca
se iba a morir, que jamás me iba a dejar solo, que iba a vivir hasta los 200
años. Pero los 3, supimos desde ese instante, que él se
podía ir en cualquier momento. Aunque, podíamos hacer la enfermedad un poco más
llevadera y a largo plazo, con diferentes tipos de tratamientos. Tratamientos
muy caros. Y como había dicho antes, llevábamos una vida normal, pagar esos
tratamientos costaría una fortuna. Fortuna para nosotros. Moneda de $0,10 para
otros, pero nosotros no teníamos esa fortuna. Solo el sueldo de mi mamá. Su
pobre sueldo, y mis $11.500.
Una tarde mamá me
había dicho que necesitaba usar un poco de dinero, pero que cuando cobre me lo
iba a devolver, era para comprar remedios para mi papá. Obviamente le presté,
pero nunca me devolvió. Y así, su sueldo fue siendo menos suficiente, y de mi
cilindro de cartón de dulce de leche repostero fueron desapareciendo
más monedas y billetes con el correr el tiempo, y la enfermedad de mi papá. No
podía decir que no a mi mamá, y estaba por cumplir 16, sabía perfectamente que
los ingresos en la familia eran muy escasos como para pedir que me devuelva el
dinero. Me costó mucho poder llegar a ese monto, pero supe que tenía que dejar
realizar mi sueño en otro momento, porque lo que importaba en ese entonces era
la salud de mi viejo.
Cumplí 16, y de
$11.500 que tenía, solo me quedaba $8.000. Nice. Pero ¿Qué iba a hacer? MI viejo
se estaba yendo, y se sentía bien ayudar. Fueron disminuyendo esos $8.000.
Quedaron en $5.000 para mitad de 2013. Y para cuando cumplí 17 solo tenía
$2.300.
Hacía meses que no
golpeaba nada, que no agarraba lápices como baquetas e imitaba los sonidos de
la batería con la boca. Estaba deprimido, no comía, pero trataba de mostrarme
ante todos feliz, bien, sobre todo ante mi papá, creo que en el estado en el
que se encontraba se le iba a hacer más difícil si me veía triste. Él sabía que
sus estudios y tratamientos eran pagados con mis ahorros, y me lo agradecía
cada mañana. También sabía que sufría, al ver que todo mi esfuerzo se fue a la
basura porque tuvimos que ocupar mi dinero para él. Pero estaba bien, por
supuesto que estaba bien. Tenía 17, sabía que no tenía que ser egoísta y aunque
me cueste y duela, dar todo. Era por el bien del hombre que amaba, y amo,
porque sigue viviendo en mí. Mis baquetas de madera y tambores esperando por
ser golpeados, podían seguir esperando...
No hay comentarios:
Publicar un comentario