jueves, 7 de junio de 2012

Drums and Drumsticks


Capítulo 2:



Pasaba el tiempo, y no ayudaba, solo pasaba. Quería que pase lento, para poder juntar lo suficiente, y al tener lo suficiente, que pase rápido para poder tener mi batería cuanto antes. 
Mi tío Ernesto, tuvo una banda de joven, y cuando tenía 10 años me enseñó a tocar la guitarra, era muy lindo saber tocar otro instrumento, también me gustaba el bajo, su sonido era peculiar. Pero la guitarra era algo mágico, y no sé de como aprendí bastante rápido, lo primero que pensé fue: "¿Por qué no ir a tocar a la peatonal?" Sí, era bastante caradura. Y no tenía vergüenza. Nunca tuve vergüenza. Bueno, tal vez sí, pero pensaba que ganaría algunas monedas que me servirían. Todo sirve, me decía frecuentemente. 
Tenía 12 y decidí ir una tarde de un viernes, supuse que el centro iba a estar bastante concurrido, y tal vez tenga más éxito del poco éxito que me imaginé que iba a tener. Que optimista. Mi tío me prestó la guitarra, después de 2 años de haberla tocado, con él a mi lado enseñándome, sabía muchas canciones, y hasta inventaba algunas. Esa noche había juntado $47. Eso me gustaba, me encantaba. Entonces, volví a ir el sábado siguiente. $30. Y el siguiente. $32. Pero luego, solo ganaba $12, $8, y nada, la gente se cansó de mí. Gastaba $5 de pasaje de ida y vuelta, y en la gorra solo tenía $3. Era injusto. Pero tuve mi momento de gloria. Creo. Supe que tenía que volver a fritar con mi mamá, y a asar con mi papá. Todo sea por los tambores.
El 26 de noviembre de 2012, cumplía 16 años, y en septiembre de ese mismo año, ya tenía los $11.500 ahorrados. Todo en uno de esos cilindros de cartón, parecidos a un tambor, de dulce de leche repostero. Y fue cuando nos enteramos del cáncer de papá. Cáncer de páncreas. El era muy sano. Sanísimo, sin exagerar. Y mamá me dijo que las cosas, a veces, pasan sin razón y no vale la pena ponerse a buscar explicaciones. No vale la pena analizar todo. No vale la pena nada. Solo rezar porque las cosas salgan bien.
El cáncer de páncreas era uno de los tumores menos frecuentes, y más letales. Papá me decía que nunca se iba a morir, que jamás me iba a dejar solo, que iba a vivir hasta los 200 años. Pero los 3, supimos desde ese instante,  que él se podía ir en cualquier momento. Aunque, podíamos hacer la enfermedad un poco más llevadera y a largo plazo, con diferentes tipos de tratamientos. Tratamientos muy caros. Y como había dicho antes, llevábamos una vida normal, pagar esos tratamientos costaría una fortuna. Fortuna para nosotros. Moneda de $0,10 para otros, pero nosotros no teníamos esa fortuna. Solo el sueldo de mi mamá. Su pobre sueldo, y mis $11.500. 
Una tarde mamá me había dicho que necesitaba usar un poco de dinero, pero que cuando cobre me lo iba a devolver, era para comprar remedios para mi papá. Obviamente le presté, pero nunca me devolvió. Y así, su sueldo fue siendo menos suficiente, y de mi cilindro de cartón de dulce de leche repostero fueron desapareciendo más monedas y billetes con el correr el tiempo, y la enfermedad de mi papá. No podía decir que no a mi mamá, y estaba por cumplir 16, sabía perfectamente que los ingresos en la familia eran muy escasos como para pedir que me devuelva el dinero. Me costó mucho poder llegar a ese monto, pero supe que tenía que dejar realizar mi sueño en otro momento, porque lo que importaba en ese entonces era la salud de mi viejo. 
Cumplí 16, y de $11.500 que tenía, solo me quedaba $8.000. Nice. Pero ¿Qué iba a hacer? MI viejo se estaba yendo, y se sentía bien ayudar. Fueron disminuyendo esos $8.000. Quedaron en $5.000 para mitad de 2013. Y para cuando cumplí 17 solo tenía $2.300. 
Hacía meses que no golpeaba nada, que no agarraba lápices como baquetas e imitaba los sonidos de la batería con la boca. Estaba deprimido, no comía, pero trataba de mostrarme ante todos feliz, bien, sobre todo ante mi papá, creo que en el estado en el que se encontraba se le iba a hacer más difícil si me veía triste. Él sabía que sus estudios y tratamientos eran pagados con mis ahorros, y me lo agradecía cada mañana. También sabía que sufría, al ver que todo mi esfuerzo se fue a la basura porque tuvimos que ocupar mi dinero para él. Pero estaba bien, por supuesto que estaba bien. Tenía 17, sabía que no tenía que ser egoísta y aunque me cueste y duela, dar todo. Era por el bien del hombre que amaba, y amo, porque sigue viviendo en mí. Mis baquetas de madera y tambores esperando por ser golpeados, podían seguir esperando...

No hay comentarios:

Publicar un comentario