sábado, 9 de junio de 2012

Drums and Drumsticks

Capítulo 3:

Trataba de olvidar, pero no podìa. Quería dejar de hacerme mal a mí mismo, y nada. Ese maldito instrumento no salía mi cabeza. Cada vez la depresión en la que caía era más amplia, pero traté de ser fuerte por mi viejo, mi mamá, mis amigos, y demás familiares. Siempre mostrándome bien, feliz, como siempre fui. Mamá me decía que en mi mirada, estaba ese sueño que yo tanto quería cumplir, que era tocar la batería, yo solo reía porque era mentira, ya no podía soñar con nada, ni siquiera podía dormir. Parecía que no estaba tranquilo conmigo mismo. En los momentos de silencios cuando podía oír mi respiración, por las noches, me volvía loco, como si fuera que tenía un ataque de pánico o algo parecido. Fueron días y meses épicos. Tal vez, necesitaba a alguien que me escuche, que pueda contarle como estaba con respecto a todo, como me sentía conmigo mismo, lo que necesitaba en mi vida, y lo que no. Ayuda, tal vez, pero no era precisamente lo que quería, antes de ayuda o consejos, necesitaba a alguien que me escuchara. Siempre fui de tener muchos amigos, nunca estuve solo, eso es verdad. Pero a mis 17 años, así me sentía: solo. Completamente solo, aunque el día del velorio de mi papá, ya a mis 18 años, todas las personas que quería en ese entonces, estuvieron a mi lado. El cáncer de mi papá duró 2 años, gracias a los tratamientos y la quimioterapia. Era una tarde de invierno, el estaba sentado/acostado en la cama y recuerdo que vomitaba sangre, pidió que todas las personas que se encontraban en la habitación, se fueran, él quería hablar conmigo. Me dio una cadenita de oro, y me dijo cosas que nadie me había dicho nunca. Me sentí querido. Sentí que valía algo. Con cada palabra que me decía, más fuerzas recobraba y me daba cuenta que, a pesar de todo lo que había pasado los últimos 12 años, de todas las emociones que junté, debía hacer lo que sea para poder conseguir la batería. Él me había dicho que no era nadie como para dejar mi sueño tirado y no cumplirlo, y era todo para que se haga realidad. Me dijo que lo único que no me iba a gustar de la vida, es que es demasiado corta. Me dio un abrazó y se durmió en mis brazos. Nunca voy a decir que el murió porque para mí el sigue vivo. No lo puedo ver, pero está caminando por las esquinas de mi mente. Ya lo había decidido, tenía que seguir luchando por lo que quería, nada ni nadie se podía imponer entre mi batería y yo. Eso iba a ser mi vida, iba a seguir, en realidad, a comenzar, a ahorrar. Nuevamente. Ya tenía 18 años, por cumplir 19 y me conseguí un trabajo, me gustaba, se trataba de tocarla guitarra en un bar de un amigo de mi papá, ganaba MUY bien por semana, me divertía mucho. Hice eso hasta los 21 años, mientras también editaba videos, ganaba poco pero servía. Tenía ya 22, y era un niño indefenso que seguía usando lápices y palitos como baquetas, y cualquier plataforma plana y hueca como tambor. ¿Qué chica iba a quererme si seguía así? Tuve mi primer y última novia cuando tenía 14 años, que zorra fue. Indecisa. Más puta que cualquier otra mina, pero bueno, me hizo sentir bien, le hice creer que no era virgen y ella me dijo lo mismo. Cogimos como conejos. Dos años después me enteré de que ella era virgen, eso quiere decir, que le saqué su virginidad, pero yo no dije que era virgen también, tan solo callé. Yo no era un "mentiroso" como ella. Pobre de mí y de ella. En fin, a lo que iba es que tampoco quería tener una novia a mis 22 años, me daba igual. No tenía tiempo de mirar mujeres, ni siquiera me preocupaba por mi apariencia, me afeitaba muy de vez en cuando, no me compraba mucha ropa que digamos, tal vez me compraba algo una vez cada 3 meses, usaba el dinero que ganaba para ayudar a mi mamá, vivir yo y ahorrar para mi batería. Le había dicho a mamá que no iba a estudiar nada, que iba a conseguirme una batería y poder vivir de lo fluya una vez que la tenga, ella se enojó bastante, me dijo que así no iba a durar mucho y que era casi imposible que yo pueda tener una batería. Ella, después de que mi papá se haya dormido en mis brazos, perdió las esperanzas, y se volvió muy pesimista, yo siempre traté de ayudarla a que vea las cosas de otra manera, costaba pero me daba cuenta de que con el tiempo eso iba dando resultado. 16 años atrás yo vivía de mis padres, por lo tanto todo lo que ganada por mis propios méritos iba a mi cilindro de tambor de dulce de leche repostero, pero ya a mis 22, solo un poco iba ahí, y lo demás gastaba para sobrevivir. Porque siempre dije que vivir es para los tontos, yo sobrevivía día a día, sobrepasaba cada meta que me ponía la vida, y seguía mis ideales. Sabía lo que quería. Esa es una de las cosas que siempre me gustó y me gusta de mí: que sé lo que quiero. Estoy muy seguro a dónde quiero llegar. Y aunque a diario me preguntaba "¿Llegaré?" sin tener una respuesta de mi subconsciente, seguía adelante sin importar el día, y las metas que nuevamente me ponga la vida, en ese día nuevo. 26 de noviembre de 2019: El día en que cumplía yo, 23 años de vida, de una NORMAL vida, y yo seguía luchando por no ser normal. No tenía causa. Seguía viviendo con mi papá, en mi pieza, que cada vez arreglaba más para que se parezca a un estudio, que infantil era. Me levanté esa mañana, como siempre, fui a la cocina, puse el agua a calentar y comencé a batir mi café, porque me gusta bien batido y con mucha espuma. No escuché ruidos de mamá, ni de nada, estaba todo muy tranquilo, podía oír el silencio y escuchar mi respiración nuevamente. Me doy vuelta para ver si la llave estaba en el aparador dónde la deja mi mamá, si estaba allí, quería decir que ella estaba durmiendo, si no estaba, ella verdaderamente no se encontraba en casa. Giré mi cabeza, y fue como una cámara lenta, porque la vi. Estaba ella, ahí, esperando por mí. Estaba tapada con una sábana blanca. Mi mamá nunca fue buena para disimular o para envolver regalos, entonces, por su bella figura y contorno exquisito, supe que verdaderamente era ella. Me acerqué y vi un pequeñísimo moño con un papel que decía "Feliz cumpleaños mi ángel". No podía evitar llorar, las lágrimas corrían por mi cara, pero estaba petrificado. Como si hubiera mirado a los ojos a un maldito basilisco. No podía mover la mano para secarme las lágrimas. Fue épico. Junté fuerzas y la destapé. Placer puro, ambos tuvimos un orgasmo.

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