jueves, 22 de mayo de 2014

Bajo las vías del tren.

Era la típica noche de cacería, Analí y yo esperábamos ansiosamente el tren de medianoche. No había nada mejor para nuestra causa que vivir en un pueblo que era dividido por la mitad gracias a las vías férreas. Aún recuerdo claramente cuando comenzaron a construirlas, había tanto polvo, y mucho movimiento interrumpiendo la paz de nuestra morada pero con el tiempo nos acostumbramos al terrible sonido del tren, el cuál ahora recibíamos como a un viejo amigo, pues un tren que llegaba representaba presas nuevas, jóvenes, llenas de vida y felicidad que pronto serían nuestras. 
Finalmente llegó el tren. Se bajó un grupo de alemanes universitarios, y antes de que pudiera escoger a uno, Analí ya se había llevado a dos. Éste sería el último tren que vendría tan cargado en al menos seis meses, no había tiempo que perder. Tomé de la mano a un chico alto, de oscura cabellera y comencé a correr. Fuimos alejándonos de la multitud, a él le costaba seguirme el paso pero al fin llegamos a nuestro callejón, miré hacia la calle para asegurarme de que nadie estuviese mirando, aunque claro, sería difícil distinguir algo en aquella oscuridad, coloqué mis manos con delicadeza alrededor de su cuello y se lo rompí. El cuerpo del joven calló de forma brusca y pesada al suelo, pero justo después hubo otro sonido que me estremeció, al voltear pude reconocer a Taroe sentada entre dos chicas muertas, tratando de inyectarse heroína. 

-Tar, no hagas eso- 
-¿Ésto?- Preguntó ella levantando la jeringa. -Sabés muy bien que no nos produce ningún efecto, solo estoy aburrida- 
-No, hablo de asustarme así… y de todas formas no deberías perder el tiempo jugando con esas estupideces humanas, tenemos mucho que hacer…- 
-Pero si hace rato entré y ya hay bastantes cadáveres, no creo que hagan falta más- Dicho ésto, ambas caminamos hacia la alcantarilla y bajamos, hasta nuestra secreta morada, allí pude ver que, efectivamente, había una pila de cadáveres más o menos del volumen que necesitábamos. Taroe y yo depositamos a nuestras presas en la pila y ella salió a buscar las jeringas, yo me quedé porque me pareció escuchar a Ankara llorar. Ankara es la más vieja de todas nosotras, tuvo que someterse al sacrificio de la inmortalidad cuando casi muere a manos de los conquistadores. Hasta entonces solo existía un ser inmortal en este lado de las montañas, el cuál accedió a convertir a la agonizante y dulce chica después de escucharla suplicar cada noche el perdón de los espíritus. Por eso ella cuenta con más de cuatrocientos años y aún tiene el aspecto inocente y delicado de aquella muchachita de ojos y cabello oscuro que huyo de su tribu cuando un grupo de conquistadores la prendieron en fuego. Volvió casi noventa años después y se encontró con un pequeño caserío, en donde vio como su raza era esclava dentro de sus propios dominios. Aunque de todas formas, esa ya no era su raza ni tampoco esos los dominios de esta última. Una a una, Ankara nos fue convirtiendo. De un momento de sufrimiento a una eternidad de tiempo con el que no encontrábamos que hacer, y creo que nunca lo encontraremos. Me incliné sobre Ankara y ella levantó el rostro, sus ojos tenían ese brillo que me decía que se lamentaba por ese amor que no podría tener jamás. 

-¿Otra vez?- Le pregunté mientras le secaba algunas lágrimas 

-Hoy has estado atrasada, ¿Cuántos llevás? ¿Uno?- Dijo ella, indicándome que quería cambiar de tema. 
-Si, solo uno- dije quedamente. 
-La noche está a punto de acabar, apurate.- 
-¿No crees que ya son suficientes?- 

-Trae al menos dos más.-

Y así lo hice, conseguí a otro chico y a dos chicas. Terminamos de exprimir los cuerpos justo antes del amanecer. Dejamos que los primeros rayos de luz solar tocaran nuestra pócima y al fin, la bebimos con el café. Sentimos que podíamos ver más, escuchar más y en efecto, viviríamos cien años más. Después de terminar el café salimos a caminar a las montañas, Ankara se me acercó y comenzó a hablarme con melancolía. 

-Quisiera tener un hijo- Dijo ella. 
-Sabes que no puedes, ya no eres humana, no puedes quedar embarazada- respondí, ya habíamos tenido esta conversación muchas veces. 
-Lo sé, es solo que…- 
-¿Qué clase de vida podrías ofrecerle? No podría vivir con nosotras bajo tierra, ¿Lo regalarías y lo verías morir? ¿O le darías esta maldita eternidad?- 
-No lo sé, pero tú tuviste una hija cuando eras humana, tú sabes lo que se siente, yo nunca tuve nada de eso- 
-Si, tuve una hija, la vi llorar mi supuesta muerte, la vi extrañarme muchas veces y no pude acercarme a ayudarle ya que su corazón me había sepultado, si hubiese ido con ella nunca hubiese creído que era yo y así la vi sufrir el resto de su vida, la vi envejecer y morir con una sonrisa porque creyó que adonde fuera me encontraría, pero no fue así, y observé todo eso en la distancia, atrapada en este cuerpo de jovencita, sin poder lastimarme o morir, y si acaso muero sé que no estaré con ella, ya que los espíritus me torturarán por haber rechazado uno de sus dones. Créeme cuando te digo, Ankara, que no quieres tener un hijo.- 
-¿Qué tan intensa era la desesperación cuando rogamos incesantemente para que se nos concediera este terrible don?- 
-No sé. Ya no lo recuerdo.-

Seguimos caminando hasta llegar a la cima de la montaña, las demás nos llevaban ventaja, observamos absortas el hermoso paisaje que se extendía ante nuestros centenarios ojos. Miramos hacia abajo, a las tierras en donde habíamos nacido, crecido, huido y casi muerto, las tierras en donde descansaban nuestros amores, amores que sabíamos ya no veríamos nunca. 
Quién sabe que nos espere en estos próximos cien años.


Mad. 24/07/2013.

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