jueves, 22 de mayo de 2014

La Justicia Terrenal Divina.

Estaba comenzando un rosado atardecer y el cielo se veía salpicado por algunas estrellas. Mi turno estaba por acabar así que fui a buscar mis cosas a los vestidores de las enfermeras. Fue entonces, cuando pasaba por el área de emergencias, que una voz ronca y titubeante captó mi atención.

-Por favor, se lo suplico, ¡ayúdeme!- Dijo el anciano mendigo con un débil hilo de voz, retorciéndose moribundo a los pies de un médico.

-Lo siento mucho señor, pero en éste momento no hay camas disponibles, me temo que no hay nada que podamos hacer por usted.- Replicó el doctor sin siquiera mirarlo.

Observé la escena indignada, aquel pobre hombre se estaba muriendo y al parecer a nadie le importaba. Me acerqué con decisión hacia donde estaban ambos.

-Disculpa mi intromisión, doctor, pero hay unas cuantas camas disponibles que yo misma acabo de tender.- Dije con toda la sobriedad de la que fui capaz.

-Gracias, gracias...- Balbuceó el mendigo.

-¿Podría venir conmigo un minuto?- Preguntó el médico tomándome de la mano y llevándome a diez metros del enfermo - ¡No puede decirle eso! ¡Mírelo! ¿Tiene cara de alguien que pueda pagar un tratamiento?-
-No, pero tiene cara de alguien que necesita atención inmediata, y por eso estamos aquí-
-No nos permiten dejar entrar a esa clase de persona, no lo podemos atender-
-Yo lo haré-
-En cuanto el director se entere le costará su empleo, y ese indigente morirá lo atienda o no-
-No me importa, tendrá una muerte digna-

Tras decir eso, caminé hacia el mendigo, que seguía tendido en el piso. Éste me miró con unos ojos grandes, tristes y agradecidos. Lo ayudé a levantarse y lo llevé a una de las habitaciones que acababa de arreglar. Lo ayudé a asearse, le dí de comer y lo dejé durmiendo, escapando hacia lugares más plácidos. 
Miré el reloj y era casi medianoche. Me levanté de la silla en la que estaba sentada, dispuesta ahora sí a irme, cuando el anciano se despertó y me tomó de la muñeca.

-Señorita- Dijo apenas audible, -¿Podría alcanzarme mi abrigo?

Le di la sucia y agujereada chaqueta de lana y él empezó a buscar en los bolsillos, después, sacó un grueso anillo de oro con una extraña piedra roja incrustada.

-Yo tenía hambre y usted me dio de comer; yo estaba cansado y usted me permitió quedarme aún sabiendo que ayudarme podría costarle su trabajo, así que por favor reciba ésto que es todo lo que tengo, y utilícelo para pagar mis gastos. Gracias a usted tengo un lecho decente en el cual morir- Dijo el anciano, mientras me daba el anillo y cerraba los ojos para siempre.
Le sostuve la mano hasta que se enfrió, me puse el anillo, y lo cubrí con una sábana. Una de mis compañeras vio la escena y me dijo que me fuera, que ella se encargaría de llevarlo a la morgue. 
No solo pagué los gastos de la clínica sino que también pagué su velorio. Como no sabía su nombre pedí que escribieran "Salomón" en la lápida, ya que por algún motivo, encontré paz y sabiduría en las últimas palabras del difunto. 

Está de más decir que me despidieron.


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Qué raro que le sucedan cosas malas a la gente buena. 

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