Estaba yo quejándome ya de que hacía mucho tiempo no me ocurría nada interesante, hasta ese momento. Estaba en la parada esperando el 106 A que se dignaba a cruzar cada muerte de obispo. Prendí un cigarrillo. Atardecía.
Vestía un pantalón verde militar y una remera de SUMO; negra con letras blancas las cuales había pintado yo.
Levanté la cabeza para de un movimiento correrme esos pelitos rebeldes del flequillo que me molestaban en la frente, y vi a un pibe acercase. Indigente, sucio, desabrigado, desfachatado, de mi edad probablemente, barbudo, con olor a mugre y alcohol. Pedía monedas para el pan. Me hice la boluda, como siempre, me sale bien; tampoco tenía monedas. Cuando se acerca hacia mí luego de haber pedido monedas a las demás personas de la parada, mira mi remera y me dice "¡SUMO! ¡Divididos por la felicidad! Espléndido, amiga..." y se alejó sin pedirme nada.
Quedé mirando fijamente a la nada sonriéndome a mí misma y pensando en el esfuerzo que habrá hecho Dios para tirarme ese yunque que agujereó mi corazón. Mi corazón muy pobre que me permitió prejuzgar de tal manera al pobre pibe sin pensar que de su boca iban a salir esas palabras tan bien moduladas y expresadas.
Si tengo la oportunidad de volver a verlo lo invitaría a compartir un vino.
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