Los sueños agridulces.
Para Ciro...
Bostecé veinte veces consecutivas en menos de quince minutos. Giré mi cuello para ambos lados hasta escuchar el "crac" de mi contractura. No soportaba el dolor de cadera y mis pies ya no aguantaban un minuto más mi peso. Miré el reloj por enésima vez, me quedaban aún treinta minutos en la tornería. Me puse tapones auditivos en los oídos y continué mi trabajo.
Volví a mirar el reloj. Dos minutos para las nueve de la noche. Ya no aguanté más, dejé todo como estaba y me saqué el traje de trabajo, me aseé un poco, me puse ropa limpia y marqué la tarjeta para ya irme a la mierda. No quería ver metal ni escuchar algún ruido similar al del torno, por lo menos, hasta el lunes. Saludé a mis compañeros y me fui.
Noche de viernes. Calle rápida y agitada. Demasiada gente para mi gusto y para mi mala suerte. Fui lo más rápido que pude hasta la estación de trenes, pero estaba realmente cansado, las zapatillas me mataban y me quedaba un largo camino aún hasta casa.
Entre choques y puteadas con los demás llegué a la estación y advertí que el tren de las nueve y media estaba cancelado. Me había pasado antes, ésto de que me cancelen los trenes, pero tenía muchísimas ganas de ya subirme y destinarme a tomar el colectivo que por fin me deje medianamente cerca de casa. Me senté en un banco a esperar media hora más. Observé.
Vi gente apurada y gente tranquila, que quizá más que tranquila estaba resignada a la diaria cancelación de algunos trenes. Resignada a que no iba a llegar a tiempo a casa, o quizás algunas recién saliendo de casa. Personas de todas las edades pasaban zigzagueantes por mi lineal y extraviada mirada. Suspiraba resignado y parpadeaba sintiendo el peso de mis párpados, mientras los quince minutos hasta que el siguiente tren venga pasaban en cámara lenta. Hacía movimientos con mi cabeza. La bajaba y cerraba los ojos para poder escuchar el silencio entre tanto ruido. Entre tanto bullicio encontré tranquilidad.
Y quince minutos pasaron, me levanté y me dirigí hacia la plataforma a esperar el bendito (por no decir puto) tren. Ya casi las diez de la noche. Comencé a sentir frío. Suspiraba a boca abierta y salía el vapor de mi interior. Quedábamos pocas personas en la estación y eramos tres los de la plataforma. Llegó y subí.
Alrededor de treinta minutos de viaje, más otros cuarenta en colectivo que me separaban de mi casa. Pero era el tren o el suburbano que si bien venía más rápido y era prácticamente incancelable, era también de diferente recorrido el cual era mucho más largo. El tren era mi única opción favorable por el momento.
Bajé del tren y caminé dos cuadras hasta la parada del colectivo. 10:50 de una noche fría que comenzó siendo movida para terminar siendo un entierro. Imaginaba a todos en sus casas disfrutando de una comida calentita mientras que yo estaba en la parada, pero en camino hacia algo mejor.
Vino el 106. Vacío y frío, como de película de terror. Me senté en la última butaca cerca de la puerta de salida, abracé mi mochila y me recosté por el helado vidrio, para sin quererlo, hacer la situación un poco más dramática. Paradas posteriores subieron dos personas más. Ya no me sentía tan solo, pero sí tenía más frío. Cuarenta minutos y un número incontable de cuadras hasta la calle 8. A pocos minutos de la medianoche estaba bajándome del colectivo. Ya estaba por ser sábado y yo aún no llegaba a mi casa. Maldije el tren que se canceló, maldije después el barrio de mierda en donde vivía, maldije el invierno, maldije el lugar de mierda en el cual trabajaba, maldije a mi jefe, maldije la puta ciudad donde vivo y maldije mi vida. Maldije todo lo que era, maldije a Dios por no permitirme llegar a algo mejor.
Maldiciendo y rengueando llegué a casa. Tenía los dedos tan helados que me dolían al meterlos al bolsillo de la mochila para buscar la llave. La encontré, la saqué y se me cayó al suelo. Ya no tenía nada más que maldecir. Ya maldije todo lo conocido por mí. Así que largué una risa, y algún "la puta que me parió" habrá salido de mi boca. Entré, me saqué las zapatillas para por fin quedar en medias, dejé la mochila y me saqué la campera que apenas me dejaba caminar de lo grande que era. Muecas de gusto se habrán figurado en mi rostro al sentir el ambiente cálido de dentro de casa. Fui por el pasillo hasta la cocina, y la vi.
La vi.
Su espalda perfecta siendo protegida por un saquito color rosa que le sentaba perfecto, con su pelo recogido dejándome ver su nuca blanca desprotegida esperando por un beso mío. El delantal atado a su cintura que me volvía loco. Su cintura era motivo de mi existencia. Estaba cocinando y eso olía bien, pero no más bien que ella. Estaba cocinando para mí. Me acerqué y la tomé por la cintura dirigiéndome sin tapujos hasta su cuello, como un felino depredador que ataca a una pobre e indefensa gacela. Mi vida entera. Tan débil y dócil que se estremeció y largó una risa ante mi inesperado saludo. Volteó, me vio roto, cansado y débil, pero no más que ella. Me miró a los ojos, sabía que esa mirada a los ojos, la más sincera, era la que más me gustaba. Me acarició las mejillas y me besó en los labios. Ella daba los besos más lindos. Me preguntó cómo estaba, hablamos un rato y en menos de cinco minutos me hizo reír a carcajadas. No me había reído desde que la vi dormir por la mañana antes de irme a trabajar. Ella rompió con toda mi cotidianidad de mierda, me hizo sentir querido con apenas miradas, me cocinó y me abrazó, para más tarde, como todas las noches, hacerme el amor. Ya no recordaba todo lo que maldije, tampoco recordaba las cosas que me salieron mal. Me olvidé por completo del tren cancelado y del frío que sufrí. Me olvidé de todo el esfuerzo que hice, que me tomó dos segundos darme cuenta que no fue esfuerzo, sino un honor, cuando ella es el motivo.
Tarda en llegar, y al final, al final, hay recompensa.